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miércoles, febrero 8, 2023
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Heroísmo detritus 

En la antigua Roma y antes en Egipto, cuando se deseaba castigar a algún político especialmente canalla, traidor o corrupto -además del expeditivo método de cortarle la cabeza- se añadía a la sentencia la pena supletoria de la “Damnatio Memoriae”. Eso quería decir, ni más ni menos, que se hacía desaparecer hasta el menor vestigio de la existencia de esa persona. Sus estatuas eran derribadas, su nombre borrado de todos los monumentos y cualquier texto que lo mencionara totalmente reescrito.

No es que esa persona hubiera dejado de existir. Es que, literalmente y a todos los efectos, nunca había existido, de modo que las generaciones venideras jamás sabrían de su paso por la historia.

Los egipcios y los romanos concedían una enorme importancia al valor simbólico de los monumentos y por eso, destruyéndolos, destruían igualmente el recuerdo de aquellos a quienes deseaban castigar.

No olviden nunca, amables lectores, que seguimos siendo romanos en prácticamente todo y por eso hay muchas personas que continuan pensando que echar abajo los monumentos de quien sea -llámese Saddam Hussein, Franco, Colón, Churchill o Stalin- sigue teniendo el mágico poder de hacer que éstos nunca hayan existido.

Tampoco hay que ir demasiado lejos para caer en la cuenta de como, sobre todo en época de elecciones, a algunos políticos esta fantasía de una moderna “Damnatio Memoriae” les va fenomenal para proclamarse ganadores de batallas pasadas que jamás combatieron.

¡No me digan que esto no es algo absoluta y completamente romano!

En resumen que no hemos cambiado tanto desde hace 4.000 años en eso del gusto por derribar monumentos.

Claro que, como en todo, hay grados. No es lo mismo derribar la svástica de la Cancillería del Reich tras combatir heroicamente en Normandía o en Stalingrado que agarrar un bote de spray y dedicarse a pintarrajear, pongamos por caso, el monumento al estadio de Sarriá. La intención es la misma; borrar para siempre la existencia de lo que representa pero la épica -estarán de acuerdo conmigo- no tiene nada que ver.

Aunque probablemente para el autor de la “proeza” sea lo mismo.

Lo imagino llegando al bar orgulloso de su gesta y contándoles a sus amigos, entre regüeldos de cerveza barata, cómo se ha convertido en un héroe del antiespañolismo.

Y lo imagino también, mientras se pide una de morcilla, explicando con todo detalle los pormenores de la operación… que ríete tu de los Navy Seals que capturaron a Bin Laden.

Llegados a este punto debería decir que esta pobre bestezuela bípeda me da pena.

Pero no. Al contrario.

Le felicito.

Cuando el homínido superó la fase de los gruñidos y se convirtió en un Neanderthal capaz de pintar paredes -con bastante más talento, por cierto, que nuestro anónimo héroe- aquello representó un salto evolutivo trascendental para el ser humano.

Invito desde aquí al autor de la vandalización del monumento recordatorio del Estadio de Sarriá a perseverar por este camino y evolucionar a un estadio superior.

El siguiente paso podría ser intentar leer un libro.

Aunque sea de estos infantiles, con letra gorda y muchos dibujitos fáciles de entender.

Tampoco le vamos a pedir a semejante tarugo con patas que vaya directo a una edición comentada de “Los Hermanos Karamazov”.

Y que conste que yo le veo potencial.

Fue capaz de copiar una frase relativamente complicada y que probablemente no comprendía del todo bien sin salirse demasiado del borde.

De modo que veámoslo así.

Como una obra social.


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