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lunes, mayo 23, 2022
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El Chelsea de la Liga Santander

Que si hemos de tener presente de dónde venimos; que si hay que echar a Rufete, a José María Durán, a Vicente Moreno, a medio equipo y a todo lo que se mueve; que si somos un equipo sin identidad, que no sabemos a lo que jugamos; que si somos conformistas; que si nos asustamos cuando conseguimos asomar la nariz por posiciones europeas; que si fallamos ante los (a priori) más asequibles; que si… mil cosas más. Ésos somos nosotros.

Ninguno queríamos echar al entrenador después de jugar contra el equipo que siempre exprime nuestros mejores recuerdos hacia el bueno de Wakaso, ni tampoco tras el partido contra el Sevilla. Pero, poco después, bastante antes de que sonara el pitido final en «El Madrigal», ya volvíamos a estar con el cuchillo en la boca. Y mañana, todos al estadio a soñar que someteremos al Getafe y que viviremos una de esas tardes que saben a eliminatoria de Copa. … o a echar más leña al fuego y a tirar más piedras sobre nuestro tejado si no lo conseguimos.

Las grandes estrellas del fútbol cobran cantidades que están fuera del alcance de la mayoría de los clubes. Y se les paga lo que se les paga porque son muy buenos, mejores que lo que abunda. Pero el fútbol es un deporte de equipo y eso equilibra la balanza. Eso permite que los cuatro o seis grandes de Europa no ganen, sistemáticamente, todos sus partidos. El año pasado, en el mes de enero, nadie daba un duro por que el Chelsea ganaría la Champions League. Y lo hizo. Frente a todo un Manchester City. No tenía las figuras de este último –sí, por supuesto, buenísimos jugadores– y, sin embargo, doblegaron de lo lindo a los discípulos de Guardiola. Porque fueron una máquina perfecta de jugar al fútbol, un engranaje que no dejaba fisura alguna. La estrella era el equipo y las individualidades, secundarias.

Yo sueño con un Espanyol que, gane, empate o pierda, me haga volver a casa orgulloso de lo que hayan hecho los nuestros en el campo. No necesito florituras ni exquisiteces. Eso corresponde a otros, con mucho mayor presupuesto. Si alguno se las puede permitir, bien, adelante; pero siempre que, al mismo tiempo, se deje la piel en el campo desde el minuto uno hasta el noventa y tantos y en todos y cada uno de los partidos. Ayudando a sus compañeros, fortaleciendo el equipo. Darder sería un magnífico ejemplo. Quiero un Espanyol que pueda plantar cara a cualquiera, sin complejos. Un Espanyol aguerrido, temido por todos por incómodo. Un bloque con alma, construido sobre el esfuerzo, la solidaridad y la generosidad extrema. Un vestuario presidido por la humildad y el trabajo a destajo, que vede la entrada a egos excesivos y al lucimiento personal por encima del colectivo. Quiero que el Espanyol sea el Chelsea de la Liga Santander.

Por calidad, puede, no tengo duda. Eso sí, para ello se necesita que el entrenador –el que sea– comparta esa misma idea y unos jugadores con un perfil determinado y, sobre todo, con un compromiso fuera de toda duda. Y los que vayan a venir, que sepan a dónde vienen y, sobre todo, a lo que vienen.

Entonces, ganemos, empatemos o perdamos, nos acostaremos seguro orgullosos de nuestro equipo, enfundados en puro blanquiazul.


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